19 / 10 / 2016

Hoy desayunamos con…

Jesús Terrés
Diseña en la agencia digital VG y escribe sobre estilos de vida, viajes y gastronomía

Jesús Terrés se define como una persona que viaja, come, bebe, lee, escribe y diseña. Además es publicista y publica en muchos sitios sobre muchas cosas. Podéis leer sus artículos en Condé Nast Traveler, GQ o en la Guía Hedonista de Valencia Plaza.

Confiesa que ahora mismo está aprendiendo a todo. También a vivir. Aunque si le preguntas qué planea, no lo piensa mucho. Su agenda se organiza de semana en semana.

El lugar ideal para trabajar está frente al mar y el mejor escenario para una entrevista es aquel emocionalmente importante para el entrevistado. Para él, las (buenas) entrevistas siempre nacen de la honestidad, sin filtros, de saber —de verdad— quién es la persona y qué le mueve.

Nunca ha aceptado la censura. Prácticamente en todas sus colaboraciones le han ofrecido lo que pedía: un folio en blanco. Y aunque le quedan pocos temas por tratar, el último ha sido el más complicado: su madre.

Amante de los animales, no hay nada que le enfade más que el maltrato. En cambio, es ver un “chucho” feliz y él, es feliz. Así de fácil.

¿Qué destacarías del panorama gastronómico actual? ¿Qué cambiarías?

Nunca hemos comido mejor que ahora. Es una época maravillosa para vivir; pero también un momento delicado para cierto tipo de cocina (los grandes clásicos, la cocina de producto, guisos y cuchara).

¿Lo que viene? Lo que deberíamos aprender de otras metrópolis europeas: la gastronomía debe ser una excusa para esas otras cosas, para las cosas verdaderamente importantes: el encuentro, la conversación, la amistad, el amor…

Menos protocolo, distancia y envaramiento; más barras, producto, emoción y humanidad.

RECOMENDACIONES DE JESÚS TERRÉS

Para desayunar: Toma Café (Madrid)
Para cenar: Nozomi (Valencia)
Para beber: Jacques Selosse Substance

¿Qué tienen en común la arquitectura y la gastronomía? ¿Qué importancia tiene el diseño en el mundo de la cocina?

Uno de los restaurantes de mi vida es Nerua, de Josean Alija (en el Guggenheim); mi última crónica gastronómica no fue tal, sino una carta de amor —a ambas profesiones, llamada Arquitectura y gastronomía. Así comienza:

“Una gran obra arquitectónica lo es cuando conecta emocionalmente con la ciudad que la acoge. Cuando lo hace a todos los niveles: espaciales, sociales, estéticos y emocionales. Por eso las grandes obras no funcionan solo como un “edificio bonito” o un reclamo turístico sino que mejoran la ciudad. La elevan. Se integran en ella —en su historia y su pasado, como esa ría del Ibaizábal que engrana Bilbao entre lo nuevo y lo viejo. Con la gastronomía pasa algo parecido…”

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